El caminante desolado


Cinco cuadras pasaron desde que salio su casa, las hizo caminado y todavía no reparaba en lo que había hecho hace 5 minutos, necesitaba salir de aquel lugar para encontrarse en soledad con el frío de la calle, ese frío que le hacia sentirse vivo, se sintió algo vacío era una mezcla de no encajar en ningún lado y no quererlo hacer.
Agarro una calle en bajada para apresurar sus pasos, las zapatillas golpeaban y golpeaban cada hoja se cruzaba en su camino, era otoño y eso era bueno. Los perros ladraban y ladraban tal vez no querían que él pase por ahí, pero él no escuchaba a los perros, su oído estaba apuntando hacia su interior, un interior inestable y alterado, dentro suyo el fuego se ampliaba hasta que evaporaba todas sus lagrimas, él se había olvidado de cómo llorar, pero no podía aprender a olvidar a sufrir.
“Voy a esperar ese momento indicado para atravesar la selva sin que el león lo sepa” se repetía en cada esquina, palabras que esconden un gran significado, un gran significado que solo él sabía. ¿Cuál era la selva?, ¿Quién seria el león?, ¿Por qué el león no debía saberlo?, preguntas que solo el podría responder, seguramente nosotros nos equivocaríamos.
Una mente complicada, conceptos cambiados del sentido común, no era fácil entenderlo y él lo sabía, por eso salía de su casa a caminar hacia ningún lado, solo buscaba algo de paz, paz que parecía nunca hallar. Amigos pocos, un amor ya perdido, una familia que nunca se entendieron entre sí, tal vez tanta filosofía no era buena, y más cuando cambiaba todas las semanas, él despreciaba mucho, pero no era con odio ni rencor, despreciaba los errores de los demás que veía en él. Quería amar, necesitaba amar, la paz se escondía en una mujer pero ¿llegaría esa mujer a tiempo o sería tarde cuando aparezca o simplemente nunca llegaría?
Otra esquina pisada, “Voy a esperar ese momento indicado para atravesar la selva sin que el león lo sepa”, mucha gente a su alrededor, pero sus ojos se clavaban en el piso y en las hojas, nadie lo molestaba ni nadie podía molestarlo. Llego al puerto, el olor a puerto no era su preferido pero si sentir aquel viento que hela su nariz hasta ponerla roja, miraba la luna, el agua pero ningún barco llamaba su atención. Escupió más de 3 veces con enojo, con dolor, “me desintegro, ya no puedo más” le dijo a la luna.
“que no lo sepa nadie que nadie comparta este dolor, ya es tarde” volvió a su casa, caminando, pateando, respirando, ahogado.
Miro sus libros, sus escritos, sus poemas, los agarro para abrir la chimenea y quemarlos, el fuego reavivo rápido y por afuera de la casa salía un humo negro, sonrío hace mucho no lo hacia, fue hasta el espejo, se miro, sonrío nuevamente, lo había decidido se notaba.
Fue hasta aquella foto y la rompió, recogió sus pedazos que fueron a parar a la chimenea y junto con ellos tiro una pequeña botella verde, llena de ilusiones y sueños, de planes y proyectos, de amor y ternura.
Cayo al piso y nunca más se movió, todos jurarían que aquel cuerpo nunca tuvo vida.

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